introducción

 

 ¿Vale la pena preguntarse por qué nos fascina una sensación —el terror— que es, se supone, evidentemente desagrable? ¿Qué clase de placer se encuentra en leer a oscuras, junto a una ventana que da a un jardín aún más negro que el interior donde leemos, un texto que nos hace sentir una espantosa inquietud a la que nadie nos obligó a exponernos? ¿Por qué queremos sufrir mientras disfrutamos? La arquetípica imagen de la chica en el cine tapándose el rostro aterrada por lo que sucede en la pantalla pero a la vez espiando entre sus dedos es más que elocuente.

H. P. Lovecraft, demiurgo del alucinante mundo de Cthulhu, encuentra sencilla la explicación de esta atracción por lo que nos aterra. Dice: “El miedo es la emoción más antigua y más intensa de la humanidad. Y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”.

Sí, probablemente se trate de que la sensación del terror nos transporta a lo más esencial del ser humano, a ese casi animal que se irguió alguna vez sobre dos patas y comenzó a andar por un mundo hostil y ajeno que inmediatamente comenzó a atacar con furia a aquella criatura que parecía despegarse del orden natural de las cosas para desplegar lo que con los siglos se autodenominaría humanidad. Nuestro miedo de hoy es el terror del homínido en su caverna y al tener que salir de ella. El miedo esencial, la emoción primera.

Por eso Fernando Savater coincide y de alguna forma reafirma la idea de Lovecraft trasladándola directamente a la literatura, cuando dice que “En rigor, la narración terrorífica es el cuento por excelencia, la historia prototípica que esperamos escuchar cuando nos sentamos con las orejas bien abiertas a los pies de alguien frente al resplandor temblón del fuego: es lo que por antonomasia merece ser contado”.

Nuestra exigua época ha pretendido reducir la multiforme seducción del terror a una sola —quizá la más pobre— de sus formas: la impresión asquerosa. Bajo la religión FX, “terror” pasó a ser sinónimo de sangre y vísceras mezcladas con abominables líquidos multicolores de repugnante textura estallando con sonido 5.1 en la cara de un espectador. Por fortuna, saliendo un poco de la visión norteamericana y yendo hacia otros espacios o hacia otros tiempos, rápidamente se encuentran expresiones de la inabarcable variedad del género, que incluye lo sutil, lo sugerente, la pesadilla, el espanto metafísico, la inquietud y la locura, lo sobrenatural y lo psicológico, los mil y un caminos por los que el miedo llega para golpear la puerta del alma que, como ya fue dicho, lo sufre pero también lo espera.

El ser humano en general, como observó entre otros Umberto Eco, tiene una fácil tendencia a confundir realidad con ficción, tomando a una por otra, leyendo lo real como ficticio y viceversa. Muchas veces eso puede resultar en situaciones preocupantes. No es el caso, en absoluto, de la ficción escrita de género terrorífico. De hecho es al revés: al sentarnos a disfrutar de un cuento de terror, cuanto más confundamos ficción y realidad más gozaremos —más sufriremos— con esa sensación macabra.

En esta selección hay mucho para dejarse perder en la cómplice confusión que se menciona más arriba. Poe, por supuesto: ¿cómo podía faltar el padre del género en su sentido moderno? También Lord Dunsany, maestro en la creación de lectores desvelados. O Chejov, Daudet y Bierce, que hicieron del cuento una forma sublime de la imaginación puesta al servicio de la pintura del alma. Y también el exotismo de Potocki, de Pu Sung-Ling, de Yuan Mei.

No falta casi nada: ni siquiera el humor. Quizá pocas combinaciones pueden seducir más que la del terror con el humor: expandiendo la idea de Lovecraft, si el miedo es la primera emoción humana, el sentido del humor es su primera característica diferencial. El inglés Saki, de quien se incluye un cuento breve, es el exponente perfecto de esta mélange doblemente fascinante.

Decía Homero que los dioses envían calamidades a los hombres para que estos tengan algo que contar. También el lector, en especial cuando se trata del género terrorífico, es hacedor del cuento que lee, el artífice de su efecto, su cómplice, de alguna manera su redactor final. Y su memoria es el jardín donde las historias encuentran su sentido final: permanecer vivas para que otros vuelvan a contarlas una y otra vez, con palabras distintas y diferentes visiones, pero remitiéndose siempre a aquella intensidad y profundidad que viene con nosotros desde lo inmemorial de la raza: la emoción primera, el miedo

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