Merlin y  viviane: el amor, la magia, la muerte

 

 La trilogía mencionada en el subtítulo sobre estas líneas no se refiere exclusivamente a la historia de Merlín y Viviane; más bien parece ser que esos tres conceptos son uno sólo, o al menos así ha sido testimoniado desde visiones tan remotas en lo temporal y lo conceptual como, por dar dos extremos, la literatura artúrica y la psicoanalítica. Lo mismo encontramos en el teatro griego, en el Romanticismo, en los cuentos populares de toda región, en el surrealismo francés, en la poesía de cualquier época y lugar, en el tango, en Shakespeare, en la beat generation o en el Viaje de Chihiro. Amor-Magia-Muerte es lo que signa también el viaje del Encantador y la dama blanca del bosque hacia su destino que quiso ser uno y no lo fue pero finalmente sí lo fue en la memoria colectiva.

        Así como Merlín es el árbol, Viviane es la fuente. Él la madera, ella el agua. Elementos que pueden convivir de manera armónica, que se reconocen en la esencia de sus naturalezas, que en muchos aspectos se necesitan entre sí, que hasta pueden ser uno pero no deben terminar de fundirse porque sino uno destruirá al otro.

        Dos seres dulcemente extraviados en ese bosque del amor-magia-muerte. Una historia como la de cualquiera. Y por eso universal.

        Así como, según ya vimos, la localización geográfica de las andanzas de Merlín puede variar de acuerdo a las fuentes de donde abreve quien cuenta la historia, en lo que hace a Viviane hay algo muy satisfactorio para alguien tan bretonnant[1] como yo: que esta historia sucede siempre en el Bosque de Broceliande, en el corazón de Bretagne. Todos coinciden en ello.

        Broceliande es en realidad la Forêt de Paimpont, el bosque más grande del noroeste francés, pleno de robles y hayas, del cual sólo el 10% no pertenece a manos privadas. Aceptado casi oficialmente el nombre Bosque de Broceliande, allí todo remite a la leyenda del Encantador. Los restos de la fuente de Barenton, por ejemplo, ubicados en lo más profundo del bosque, parecen querer extraviar a quien vaya en busca de aquel lugar donde Merlín y Viviane se conocieron. Por empezar, el pueblo más cercano se llama Folle Pensée, nombre que significa literalmente “idea loca”: toda una advertencia. Las decenas de senderos te hacen perder, siempre parece que estás cerca y siempre surge una nueva desviación, hasta que la fuente aparece por sorpresa. Dicen que allí, para los que llegan con el espíritu liviano del turista típico que busca “Merlinlandia”, sopla de pronto el serein de Barenton, un viento misterioso y helado que hace pensar en la muerte. Yo no lo sentí. Sólo me senté a oir el silencio y paladear la quietud de las aguas sobre cuya superficie, muy de tanto en tanto, estallan algunas burbujas. Durante siglos se confió en que estas aguas podían sanar la locura (de ahí salió el curioso nombre de Folle Pensée para el pueblo cercano). Yo no lo sentí.

        Entrando a Paimpont, la población principal de la zona —además de disfrutar de la entrañable boutique céltica de Isabelle y Patrick que mencioné en la Introducción, y que te recibe apenas terminaste de cruzar la entrada al pueblo—, uno tiene que cerrar un poco los oídos y acomodar su mirada para no sentirse molesto por los “buscadores de Merlín” que pululan con esas sonrisas tontas del que viaja sólo porque existen las agencias de turismo y en algo hay que usar el dinero y el tiempo de vacaciones, aunque jamás se les ocurriría poner algo de magia en su vida cotidiana. Pero este tránsito por la zona comercial del pueblo se puede hacer más llevadero: basta ir siguiendo las melodías que se encadenan calle tras calle, provenientes de los distintos dúos de sonerien[2] que desde plazas o callejas aledañas disparan sus duelos de biniou y bombarde[3] desgranando melodías tradicionales bretonas.

        Así llegarás al castillo de Comper, donde se dice que nació Viviane, y junto al cual Merlín le construyó luego, bajo las aguas, un palacio de cristal. Como sea, hoy se puede visitar esta construcción que originalmente se levantara hacia el siglo IX y que fue considerada desde el siglo XIII una de las posiciones más fuertes de la Alta Bretagne, escenario por lo tanto de cientos de sitios y combates. Pero su valor histórico no es lo que pesa en tu alma cuando estás entre esas piedras ancestrales. Uno no puede evitar el deseo de quedarse apoyado sobre el musgo de alguna de las torres, pegando el rostro a la piedra con el anhelo de que allí aún permanezca al menos una molécula del perfume de Viviane que quizá también, quién sabe cuándo y por qué pena, apoyó su mejilla en ese exacto punto de la piedra.

        Y así se pueden seguir describiendo tantos sitios de Broceliande: la tumba de Merlín, el Valle Sin Retorno, el árbol recubierto de hojas de oro que simboliza la necesidad de proteger la foresta (creado para no olvidar el terrible incendio que la devoró durante cinco días en 1990), el Puende del Secreto… Pero esto semejaría una guía turística, lo único que no se necesita para imaginar el País de Merlín. Esta experiencia mágica sólo se vive de dos maneras: la primera es estando físicamente en Broceliande, y en silencio, con el alma serena y la música en la sonrisa, caminando sin mapas, tratando de dejarse llevar y sin temer que eso suceda ni pensar adónde; la otra forma es estando en cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo, en la misma silla de todos los días, mirando hacia la misma repetida ventana, con el alma serena, en silencio, con la música en la sonrisa, dejándose llevar…

        Lo que sigue a continuación de esto en el libro, sucedió alguna vez en Broceliande.


 

[1] Que siente mucho apego a lo bretón

[2] Músicos

[3] Los instrumentos nacionales bretones. El biniou es una suerte de pequeña gaita muy aguda, y la bombarde un antiguo instrumento de viento con lengüeta

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