la obra maestra de merlin

 

 El rey Arturo de Bretaña es un sin dudas un personaje universal, desde el momento en que la mayor preocupación acerca de él es si existió realmente o no. Así le sucede a muchos otros de su categoría: Homero, Socrates, Jesús… No dudamos de la existencia de Freud sólo porque para entonces ya se había inventado la fotografía, pero no faltará quien haya publicado algún ensayo para demostrar que el profesor vienés es una invención colectiva del hasidismo tardío, o alguna teoría por el estilo.

        Lo cierto es que este afán por las “verdades históricas” no aporta más que pérdidas de tiempo, y nos aleja del placer. Supongamos que se hallan pruebas incontestables de que Homero jamás existió, que no hubo un señor griego que se sentó una tarde a escribir la Iliada: ¿y? ¿Qué? La Iliada existe, y eso es todo lo que debería importarnos.

        Las versiones sobre la identidad real de Arturo van desde que fue uno de los más poderosos reyes del siglo V o VI, hasta que no fue más que un modesto caudillo guerrero alquilado por los reyes bretones en su lucha contra los invasores sajones, una suerte de mercenario barato pero efectivo.

        En realidad, Arturo —como Merlín— hay uno solo: el de la leyenda que viene acompañando la cultura occidental desde hace más de mil años. Y la leyenda de Arturo fue forjada paso a paso por el Encantador: él fue quien, aún desde mucho antes del nacimiento de Arturo, profetizó —y ayudó con su magia al cumplimiento de esas profecías— quién sería y qué haría el Rey más famoso de la historia de Occidente. Arturo es en sí mismo, no caben dudas, la obra magna surgida de la mente y el poder del mago Merlín.

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