Introducción a alfred jarry

 

 Quizá todo empezó en 1896, más exactamente la noche del 10 de diciembre. Toda la crème intelectual y social de Paris, incluyendo los críticos más afamados y toda clase de celebridades, se reunieron en el Théâtre de l’Œuvre. Lugné-Poë estrenaba una obra perteneciente a un dramaturgo de sólo 23 años. Al levantarse el telón, avanzó el actor Fermin Gémier. Se plantó ante el selecto público, hizo una pausa, y por fin pronunció una sola palabra: “Mierdra!”.
    Jamás se había dicho algo así en escena (aún con esa “r” que el autor agregó a la palabra para disimular lo indisimulable). El escándalo en el teatro fue incontrolable, y continuó en los días siguientes en todos los cenáculos culturales de la ciudad.
    La crítica descuartizó a la obra, “Ubú rey”, que sólo pudo representarse dos veces. Y a su autor lo crucificó. El autor… que obviamente, se llamaba Alfred Jarry. El joven de 23 años que había osado, con esa sola palabra dicha en escena, marcar el final de una era y el comienzo de otra enteramente nueva en el arte.
    A pesar de ello, en vida casi no fue tenido en cuenta, al menos por su obra, aunque sí por sus excentricidades, sus iniciativas delirantes y, por qué no aceptarlo, su voluntad de autopromoción. Murió en 1907 a los 34 años, pero antes de hacerlo se ocupó de dejar planteados y en muchos casos desarrollados todos los elementos para lo que vendría después: el Teatro del Absurdo, todo el surrealismo, Pirandello, Boris Vian, Queneau, Beckett, Ionesco, Jean Genet… Una larga herencia para tan corta vida.
    Además de este gigantesco aporte, hizo otro más “de culto” pero también mucho más entrañable: inventó la Patafísica.
    Sentó las bases de esta ciencia en su obra “Gestos y opiniones del doctor Faustroll, patafísico”. ¿Y sobre qué versa la Patafísica? Es la ciencia que se dedica al estudio de las soluciones imaginarias, así como de las leyes que regulan las excepciones.
    Hacia 1948, celebrando los 50 años de aquel libro de Jarry, se creó en Paris el Colegio de Patafísica, una “sociedad docta e inútil” dedicada a esta ciencia de la cual fueron “socios” los citados Ionesco, Vian y Queneau, además de Jacques Prevert, Max Ernst, Joan Miró, Jean Dubuffet, Marcel Duchamp, Pierre MacOrlan, René Clair y muchos otros monstruos sagrados de la cultura francesa.
    Con su teatro y su Patafísica, dicho en pocas palabras esto nos dejó Jarry: la certeza de que la imaginación es la mejor arma crítica y corrosiva contra los abusos de cualquier clase de autoridad.

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