Introducción a alphonse allais

 

Lo que echó a perder al hombre fue la humanidad. Pensar que ese idiota hubiera podido ser el más feliz de los animales, si hubiese sabido mantenerse tranquilo. Pero no… tuvo que inventar la Civilización”.
    No harían falta muchas más palabras para presentar a Alphonse Allais, la frase es más que contundente. No haría falta más, excepto que… ¿qué haríamos entonces con las montañas de palabras que este humorista delirante nos dejó? Un contemporáneo lo llamó “la vache Allais”. “Vache” significa “vaca”, pero también “¡Ese cochino…!”, que era la expresión que venía a los labios ante esa abrumadora obra que parecía inalcanzable para cualquier otro escritor: cerca de 1.700 relatos, historias y fábulas. La cantidad —hasta en eso Allais trataba de ir al revés del mundo— iba de la mano con la calidad. Y si alguna línea no le salió tan brillante, él mismo decía que “una mala idea es siempre mejor que ninguna”.
    A más de cien años de su muerte, quizá aún no se le ha terminado de hacer justicia como uno de los mejores escritores franceses de todos los tiempos. A esto ayudó su estilo y su propia personalidad: es más fácil tomarse en serio a alguien que declama a todas voces que él es serio, que a un payaso por vocación íntima como Allais. A lo que él diría: “Ante la lógica, enseguida dudo. En cambio lo imposible me parece probable a primera vista”.
    Nació en Honfleur en 1855 y murió en Paris en 1905; otra de sus bromas: construyó esa obra monumental en apenas cincuenta años de vida. De todos modos la edad nunca fue problema para él, porque no la decía. Respecto de esto, nos dejó una frase que es apta para responder cualquier indiscreta interpelación sobre nuestra edad. Sólo conteste: “Imposible decirle mi edad, porque cambia todo el tiempo”.
    A alguien que tanto escribió, ¿qué sentido tiene presentarlo con palabras propias, si seguro él ya las dijo antes? Su mirada, siempre a caballo entre la agudeza y el absurdo, era implacable con las costumbres correctas de sus contemporáneos: “La calumnia no es algo tan malo… contra la hipocresía”. O también: “Ah, el viejo sueño de las personas honestas: poder matar a alguien en situación de legítima defensa...”. Para la soberbia tenía también su dardo: “Los cementerios están repletos de personas irremplazables”. Tampoco olvidó el matrimonio: “Un cornudo es un entero que comparte su medio con un tercio”. O: “Es mejor ser cornudo que viudo: hay menos trámites”. O también: “He creído notar una tendencia en los cornudos: a desposar a mujeres adúlteras”, y “Prefiero las mujeres de mis amigos a las otras: así uno sabe con quién hace negocios”. Pero además de pasar su lupa por el tejido socio-económico (agreguemos una: “El dinero ayuda a soportar la pobreza”), no olvidó la perplejidad, que es un deber del artista. Algunos ejemplos: “El infinito se hace largo, sobre todo hacia el final”; “Hablamos de matar el tiempo, como si no fuera el tiempo el que nos mata a nosotros”; “¿Por qué hay osos blancos? ¿Son osos viejos?”.
    Aparte de todo esto, ha tenido el honor de ser considerado un Patantecesor, es decir un patafísico de la primerísima hora (pero para entender esto, habrá que leer la Introducción a Alfred Jarry, en este mismo sitio web)

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