Introducción a emile michel cioran

 

Más allá de la marca profunda e indeleble que le hizo en plena cara a la Filosofía del siglo XX, Cioran es un humorista. De la desesperación, dirán algunos. ¿Y qué otra clase de humoristas hay —al menos que valgan la pena? También dicen que lo que marca su obra es el pesimismo. Lo mismo decían de Kafka, aunque los pocos amigos que acompañaron su corta vida testimoniaron rotundamente lo contrario.
    Cioran es implacable, eso sí. Pero no por eso hay que acusarlo. Cioran podría haber contestado: “Yo no hice el mundo. Tan sólo lo explico” (la frase está sacada de una novela mía). Cuando tenía 25 años, su madre le dijo que si hubiera sabido que iba a ser tan infeliz habría abortado. A lo que Cioran comentó: “Así que soy sólo un accidente. ¿Por qué debería tomarme en serio?”.
    Nacido en Rumania en 1911, hijo de un sacerdote ortodoxo, se radicó definitivamente en Paris y escribió en francés una serie de libros esenciales para comprender no al hombre del siglo XX, sino simple y fatalmente al ser humano. Los títulos son en sí mismos obras maestras del humor negro: “Breviario de Podredumbre”, “Del inconveniente de haber nacido” o “Ese maldito yo”, por citar algunos.
    “Representa un espécimen de humanidad en vías de desaparición, y encarna la paradoja de un sedentario sin patria intelectual, de un aventurero inmóvil que se encuentra a gusto en varias civilizaciones y en varias literaturas, un monstruo magnífico y condenado. Si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado”. Estas palabras las escribió Cioran refiriéndose a Borges. Creo que también son un autorretrato.

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