Introducción a franz kafka

 

Es imposible hablar de Kafka. Habría que hacer un estudio comparativo entre su obra, desarrollada aproximadamente entre 1904 y 1924, y todos y cada uno de los hechos sociales, políticos y filosóficos del siglo XX, que —así como toda la música popular escrita desde 1969 hasta hoy está contenida en el “Album Blanco” de los Beatles— están reflejadas de una u otra forma en la colección de metáforas esenciales que es esa obra.
    Kafka lo anticipó todo, nos lo contó todo, nos advirtió de todo. Es el inventor de lo intolerable, el creador —no fue Freud, no— de la angustia, el artista de la infinita postergación: ¿se necesita algo más para describir el mundo de los últimos cien años?
    Creo que Kafka va aún más lejos, y todavía no hemos terminado de descifrar su extenso mensaje.
    Además de esta condición profética, Kafka es sin duda uno de los más grandes artistas del lenguaje que haya existido. Su maestría es no menos que alucinante. Borges ha anotado con gran sutileza y profundidad —¿hacía algo de alguna otra manera?— el torpe error de décadas de crítica literaria, que creían que la gran obra de Kafka eran las tres novelas que lamentablemente dejó inconclusas. “Franz Kafka no las terminó”, dice Borges, “porque lo primordial era que fuesen interminables”. Sobre el número infinito de obstáculos que detienen y vuelven a detener a sus personajes, Borges agrega que Kafka “no tiene por qué enumerar todas las vicisitudes: bástenos comprender que son infinitas como el Infierno”.
    A esas novelas interminables por definición, se suman sus falsamente ínfimos relatos. En ellos, como también anotó Borges (y creo a esta altura que yo sólo escribo estos prólogos para poder nombrarlo cada dos líneas), se concentra al extremo el poderío del mundo kafkeano y, tal vez, se refleja más íntegramente la medida de tan singular escritor.
    El drama y el absurdo son en Kafka inseparables de ese toque de humor que los acentúa. En esto influyen cardinalmente sus orígenes judíos: es el mismo humor del Yahvé del Tanakh, tan distinto al adusto Padre de los textos cristianos. El humor dramático de ese pueblo que acuñó proverbios como “Que venga el Mesías, pero que yo no esté aquí para verlo”, frase que podría tranquilamente haber figurado en algún relato firmado por Franz Kafka.
    Kafka, quizá el mejor de todos.

 

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