Introducción a "ligeia" de edgar allan poe

Inútil presentar a Edgar Allan Poe. Basta repetir que simplemente es el inventor de todo lo que se hizo en narrativa fantástica –escrita, filmada, representada- durante el siglo XX.
De la galería alucinante de sus mujeres-pesadilla-objeto sagrado (como “Berenice”, como “Eleonora”, como “Morella” y tantas más) surge la figura absoluta y arrasadora de Ligeia, la increíble, la insuperable, aquella a la que ninguna podría reemplazar jamás en el corazón del narrador.
        El efecto de este relato –como el de cualquiera de la galería ya citada- reside en un secreto que Poe conoce como nadie, el que viene desde los más remotos ecos de los primeros narradores alrededor de alguna fogata primitiva. El secreto es: toda historia es una historia de amor.
        Poe no se conformaba con su maestría, su mágico uso del lenguaje –pocos escritores de lengua inglesa lo igualan en esto- o las situaciones enfermizas con que su imaginación lo atormentaba. Sabiendo que contaba con todos esos recursos, siempre cuidó que, de una u otra manera, aquel antiguo secreto de los narradores estuviera presente en sus cuentos. En “Ligeia”, de hecho, eso se transforma en el verdadero tema central.

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