Introducción a "el aparecido" del marqués de sade

Uno de los contados seres humanos cuyo nombre –como pasa con “kafkeano”, “masoquista”, “platónico”, “maquiavélico”- ha derivado en adjetivo: esto sobra para demostrar la universalidad de Donatien Alphonse François de Sade, el Divino Marqués.

Como Casanova, su nombre está asociado para siempre con la idea de placer y desenfreno. Pero Casanova era un cronista de sí mismo, un riguroso y neurótico acumulador de anécdotas y exactitudes; se regodeaba en el suceso superficial, lo cual no deja de ser también un camino a la profundidad. Sade en cambio –seguro que sin proponérselo demasiado- quería contar historias y le salían metáforas a veces alucinantes sobre el Poder, y sobre la corrupción que es su esencia.

Para hacer la clase de críticas que hizo Sade no hace falta –en contra de tantas corrientes “académico-combativas” y “revoluciones” intelectuales- el análisis “autorizado” de los inteligentes oficiales. Sade, hoy, no sería un filósofo de izquierdas ni un pensador neoliberal. Sería más probablemente Michael Jackson, a lo sumo Marilyn Manson. Alguien que no vende ideas, sólo pone su cuerpo en acción. Y no hay nada más subversivo y crítico que un cuerpo expuesto, como los ha expuesto Sade en sus novelas. Además -¿hace falta más?- escribió ensayos, estuvo preso en La Bastilla por 13 años y fue el primer feminista.

¿No era un eximio escritor? Probablemente. Jackson o Manson no son eximios músicos, ni siquiera músicos aceptables. Pero están en el mundo para otra cosa. Para abofetear la serenidad burguesa mucho más que cualquier panfleto político. Sade es, simplemente, un divino incorrecto e incorregible. Saludémoslo.

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