Introducción a Gilbert K. Chesterton

 


En los tiempos de la Primera Guerra Mundial, una vez, en Londres, una mujer preguntó a Chesterton (casi dos metros de altura, casi 140 kilogramos de peso) por qué él no estaba en el frente. Chesterton le contestó: “Si da usted una vuelta hasta mi costado, podrá ver que sí lo estoy”. Se consideraba a sí mismo un hombre educado y amable puesto que “en un ómnibus puedo ofrecerle mi asiento a tres damas a la vez”. No es extraño, viendo estas anécdotas, que se lo halla definido como “El excéntrico Príncipe de las paradojas”.
Las paradojas que lo hicieron literariamente célebre estaban primero en su vida personal, como sucede con cualquier artista. Agnóstico militante en su juventud, terminó como fervoroso católico aún más militante. Se oponía al voto universal y en especial al femenino, aunque repetidamente sostuvo que la mujer era el ser más explotado del mundo. Estaba en contra tanto del imperialismo como del pacifismo, y sostenía que el horror ante la guerra es el primer paso a la santidad.
Escribió una cantidad agobiante de obras, fue un sorprendente pero desdeñado poeta (la noche es “una nube mayor que el mundo, un monstruo hecho de ojos”), nos legó enormes tratados de investigación sobre distintos temas —por ejemplo, una maravillosa historia universal titulada “El Hombre Eterno”—, pero seguramente siempre se asociará primero su nombre a las poco más de cincuenta historias protagonizadas por el Padre Brown, su contribución a la galería de los personajes inmortales. El recurso de estos cuentos es notable para su época: cada uno de ellos plantea un hecho sobrenatural, que luego termina teniendo una explicación absolutamente racional.
El pequeño relato presentado en este libro no quita el sueño por el horror de las imágenes o situaciones que plantea. Por el contrario, es casi amable: un misterioso pequeño negocio de barrio en cuyo mágico interior el protagonista puede asistir a una reunión donde conversan celebridades como Charles Dickens o Robin Hood. Pero la idea del destino secreto de Papá Noel, que es quien atiende esa tienda espectral, es mucho más horrorosa que cualquier espanto visual que pudiera presentarse ante nuestros ojos.

 

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