Introducción a Gérard de Nerval

 


Para Nerval la locura era un “derramamiento del sueño en la vida real”. Esa es justamente la mecánica del cuento “El monstruo verde”. Pocos años después, en 1855, nos daría en Aurélie la primera visión moderna sobre el tema de la locura. Era, claro, una de sus obsesiones, probablemente porque se sabía acechado por ella, en las formas del sonambulismo y los transtornos esquizoides.
André Breton ha reconocido, en el Primer Manifiesto del Surrealismo, que tomó la palabra “surrealista” de Nerval, quien la incluyó por primera vez en una dedicatoria de su obra Filles de Feu.
Bohemio, viajero, torturado bon vivant, adicto, cultor de un amor desesperado e idólatra por la cantante Jenny Colon, cuya muerte terminó de hundirlo en la perturbación, Nerval tenía todas las condiciones para representar al “escritor maldito” que los románticos y luego los surrealistas adoraron.
Viajó por todo Oriente, compró una esclava javanesa en El Cairo, estuvo a punto de casarse con la hija de un jeque en Siria y con una drusa en Beirut, su versión del Fausto fue elogiada por el propio Goethe, escribió obras de teatro en colaboración con Alexandre Dumas, recorrió Bélgica, Holanda, Inglaterra y Alemania, se hizo rico por una herencia en 1834 y quedó en bancarrota en 1836, compartió la amistad de Gautier y Victor Hugo… Esa vida frenética sólo se interrumpía cuando era menester su internación en alguna institución psiquiátrica.
Luego de dejar una obra no demasiado extensa pero sí fecunda en influencias posteriores (Proust, Artaud, el surrealismo todo), ese atormentado que había nacido en 1808 con el apellido Labrunie pero decidió ser Gérard de Nerval buscó “el rincón más sórdido que pudo hallar” (la frase es de Baudelaire) y, el 26 de enero de 1855, se colgó. Fue hallado pendiendo de las rejas de un prostíbulo de la rue de la Vieille-Lanterne, en ese Paris que lo vio nacer y quizá nunca ser feliz.

 

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