Introducción a Horacio Quiroga

 


Él mismo anotó (en Decálogo del cuentista) quiénes fueron sus maestros: Poe, Maupassant, Kipling, Chejov. Y sostuvo que hay que seguirlos como a dioses. Quizá su talento no alcanzara el vuelo de altura constante de ninguno de esos cuatro imprescindibles. Pero de ellos, quizá sólo Poe podría disputarle a Quiroga el deprimente honor de tener la vida más trágica y ominosa que se pueda imaginar.
A los tres meses de vida (nació en 1878), su padre murió frente a sus ojos al dispararse accidentalmente con una escopeta mientras descendía de un bote; su madre, horrorizada, dejó caer al piso al bebé, que por poco termina devorado por las aguas. Años después su madre volvió a casarse, y Quiroga llegó a querer mucho a su padrastro. Pero muy pronto el hombre se suicidó de un balazo en la cabeza.
En 1901, ya dedicado a la literatura, asistía a su amigo Federico Ferrando que estaba por batirse a duelo con un crítico literario que los había maltratado cuando, mientras le limpiaba el arma que usaría su amigo en el lance, se le escapó un disparo que mató en el acto a Ferrando. Luego de este episodio, abandonó Uruguay y se radicó en Argentina.
El otro aspecto negro de su vida eran los constantes problemas que tenía por sus relaciones con mujeres muy jóvenes, de hecho adolescentes, que le granjeaban las reservas, cuando no directamente el odio, de sus familias. Pero con una de ellas se casó en 1909: Ana María, por entonces de 15 años, quien luego sería madre de sus hijos Egle y Darío… antes de suicidarse en 1915. A poco de conocerla, Quiroga le había dedicado su Historia de un amor turbio (1908). También sus dos hijos acabarían quitándose la vida, Egle en 1939 y Darío en 1951. Esto sin contar casos similares de amigos personales del escritor. Para quien no lo sepa, ¿es necesario decir cuál fue la causa de muerte de Horacio Quiroga? Suicidio, obviamente. Y la historia es tan sórdida como podía esperarse de él:
Le diagnosticaron un cáncer incurable. Internado en el Hospital de Clínicas, se enteró de que en los sótanos del lugar tenían encerrado a una especie de monstruo, un fenómeno humano llamado Vicente Batistessa; aquel desdichado padecía deformidades horrendas que lo asemejaban a Joseph Merrick, aquel inglés sobre cuya historia realizó David Lynch su película “El Hombre Elefante”. Quiroga no dejó de insistir hasta que logró que sacaran de ese encierro a Batistessa y lo instalaran en su misma habitación. Así pasó sus últimos días este extraño escritor, junto a un ser monstruoso que lo adoraba como a su liberador y que lo ayudó a beber el cianuro que acabaría con su vida en la madrugada del 19 de febrero de 1937.
Con una vida así, no debe extrañar ese ámbito asfixiante y opresivo de sus cuentos que es su marca de agua. En muchos la trama incluye explícitamente el terror, pero lo que inquieta no es tanto eso sino la atmósfera de constante pesadez y mal agüero en que sumerge al lector. Cada párrafo, hable de lo que hable, transmite esa sensación. Este, si no la excelsitud literaria, es el elemento que distingue a Horacio Quiroga y lo hace uno de los escritores más revisitados de la literatura latinoamericana.

 

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