Introducción a Arthur Conan Doyle

 


Conan Doyle comparte un lugar que es para muy pocos : los que crearon mitos universales. Decir “Sherlock Holmes” es decir Edipo, Alonso Quijano, Drácula, Robin Hood, Hamlet, Ulises o Raskolnikov.
Todas las premisas de la trascendencia se cumplen en Conan Doyle y su personaje : Sherlock Holmes es a esta altura casi anónimo (¿qué mínimo porcentaje de las nuevas generaciones puede responder quién fue el autor de tal personaje?), y ha dicho y hecho muchísimas más cosas que las que realmente figuran en los libros escritos por Conan Doyle: por ejemplo, la frase que lo identifica, aquello de “Elemental, Watson”, jamás aparece en ninguna de las aventuras de la saga original. No podría asegurar quién fue el autor de esa frase emblemática —muy probablemente algún guionista de historietas o de cine—, pero ciertamente no fue Conan Doyle.
Nacido en Edimburgo el 22 de mayo de 1859, fue médico de campaña en Sudáfrica, durante las guerras anglo-boers. De tanta adrenalina, drama y movimiento pasó a su excesivamente tranquilo consultorio de Southsea. El tedio de las horas interminables entre paciente y paciente lo llenó imaginando las historias que todo el mundo repetiría por los siguientes cien años. Más específicamente, todo comenzó en 1887, cuando escribió Estudio en escarlata, la primera historia en la que aparece el gran detective Holmes. A esta le siguieron El signo de los Cuatro, El sabueso de los Baskerville, El valle del terror y El retorno de Sherlock Holmes, por nombrar los principales títulos de la saga.
Harto de su gran personaje, Conan Doyle intentó varias veces abandonarlo, e incluso llegó a hacerlo morir a manos del archicriminal Doctor Moriarty (La aventura del problema final ), pero la presión del público lo obligó a inventar una manera ingeniosa y creíble de que Sherlock pudiera “resucitar”.
En el cuento que se presenta en esta antología no interviene Holmes, con lo cual Conan Doyle estaría muy satisfecho.

 

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