Introducción

Muchos estudiosos y activistas culturales, sin duda con la mejor de las intenciones, vienen luchando para demostrar la originalidad del imaginario de los aborígenes de la América precolombina y el valor único de la literatura oral que de este se desprende.

Personalmente, cuando compruebo que los relatos mapuches sobre el barquero de los muertos casi repiten la descripción del Caronte de la Divina Comedia de Alighieri, o que la leyenda de la Ciudad Sumergida bajo las aguas del Lago Lacar refleja innegablemente la Atlántida griega o la Cité d’Ys de los bretones, o el paralelismo entre la chon-chon chilena y la banshee irlandesa, me alegro de encontrar esa universalidad.

Creo que nada valoriza más a una cultura que ese rasgo: ser universal a pesar de los elementos originales que presente. La verdadera integración de las distintas culturas humanas nace del respeto por la manera original y personal en que cada una retrata los temas eternos y comunes del ser humano.

A ninguna raza o etnia le hace bien que se diga de ella que es “mejor” que otra. A veces, en su entusiasmo, los defensores de las culturas aborígenes parecen sugerir que estas son de alguna forma “mejores”, y caen en el mismo error que la cultura europea que quiso aplastarlas.

Me parece que el mejor homenaje que puede hacerse a culturas tan importantes como la mapuche o la tehuelche es reconocerlas como originales en la estructura y el contexto que enmarcan su cosmogonía —lo cual a la vez es obvio: nadie relata algo que no nazca de su entorno—, pero, ante todo, saludándolas como otro reflejo del espejo perenne de la humanidad. Ni “más” ni “menos” que tan sólo una imagen más de ese ente extraño y entrañable que viene vagando desde hace unos cuantos miles de años por toda la extensión de la Tierra: el ser humano, ese eterno mal vecino.

 

Los relatos de este libro fueron tomados de distintas fuentes y reelaborados por mí. Estas fuentes incluyen la mitología patagónica en general —con las diferentes etnias que la componen—, los relatos orales y las obras sobre el tema de distintos autores y recopiladores.

Creo que no hacen falta más precisiones. En estos tiempos se tiende a pensar que por agregar al cuento una línea de texto (“me lo contó Juana Ayelén de Trenque Lauquen”) ya se obtiene la certificación de una inexistente escribanía policial literario-antropológica. Esto no sólo me parece inútil: según mi opinión, refuerza las sospechas que quiere despejar; y además falla en lo esencial: ¿imaginan a un narrador mapuche justificando la procedencia de sus historias? La cultura popular es un libro que se está escribiendo hoy para mañana. O dicho con palabras más prestigiosas (de Igor Stravinsky): “El folklore es un hecho que informa sobre el presente y anticipa el futuro”.

Anochece. Hay un pequeño fuego encendido bajo las estrellas. El narrador —el de hoy, el de hace 5.000 años en Sumeria o hace 500 años en la Patagonia— sigue ejerciendo su oficio. “Había una vez…”.

 

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