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(Fragmento de la primera parte)

 

    Soñé con Sandrine. Se moría ante mis ojos. Sufría y se retorcía pero prefería irse así, allí, acurrucada en el piso en un rincón del bar, de esa manera. Salí del sueño con un sentimiento ambiguo. Sucio, triste, sofocante, esperanzado. De haber podido, me habría echado a llorar. Pero hace años que no lloro. Todo lo que pude hacer es salir demasiado temprano del pequeño hostal de la Calle del León, cruzar a la panadería de enfrente, pedir café y un bollo. Y ponerme a escribir.

  

 

    Bueno, sí, ya lo sé, ok, todo tiene que cambiar, para que algo se abra algo tiene que cerrarse, la piel vieja termina cayendo sola por el propio peso de su ciclo cumplido, bla bla bla, todo debe cambiar siempre… y andate a la mierda.

    Hoy el bar cumple 3 años y desborda de gente. Bueno, no aquí abajo, en el sótano que se acaba de volver a habilitar luego de meses de clausura y donde estamos el par que quedó vivo y media docena de invitados neo-VIP. Pensar que sostuvimos este sitio hasta durante la epidemia de 2009 (que fue, como todo lo que sucede en Buenos Aires, más psicosis que realidad). Semanas enteras, meses, mirándonos las caras entre tres o cuatro, sentados a la barra, con sólo oscuridad y soledad todo alrededor. Pero resistimos eso y mucho más, y hoy se inaugura oficialmente este sótano que tantas veces utilizamos en forma clandestina. El bar superó el estado de coma, y en el sótano brindamos con champagne y arriba explota de gente. Es nuestro triunfo. Pero esa multitud aquí arriba no entiende nada, son idiotas, snobs, chicos y chicas cool que jamás podrían haber abierto y sostenido un bar como este, y que con su presencia multitudinaria y vacía certifican la muerte del verdadero bar. Así que nuestro triunfo es a la vez el fracaso. Como siempre. Como todo en la vida.

  

 

    Madrid huele a cloaca en estos días. No sé si será resultado de la crisis del euro, o las emanaciones de cadáveres etruscos conservados por siglos en las construcciones subterráneas de la Tuscana que por algún imperceptible movimiento tectónico se liberaron y se desplazaron por ignotos cursos soterrados hasta atascarse bajo estas calles y pudrirse en un proceso químico fulminante. O alguna otra cosa. Pero que huele, huele.

    Cuando caminás esta ciudad cosmopolitanamente pueblerina, es inevitable percibir los humores degradados y rancios de toda la porquería que la inmigración española legó a Buenos Aires. Los italianos nos trajeron  gritos, vulgaridad y alegría. Los españoles, sólo sequedad, pacatería católica, y un idioma que ya hace mucho no reconocemos.

    Pero la filiación es innegable, rotunda. En el Barrio de las Letras hay dos calles paralelas: Cervantes y Lope de Vega. En Cervantes, está la casa donde vivió Lope de Vega. En Lope de Vega, el convento donde descansan los restos de Cervantes. ¿Qué otro lugar del mundo podría ofrecer tal muestra de limitación y absurdo a la vez, excepto Madrid? Buenos Aires.  

 

 

    Es viernes por la noche. Todos están tan felices que no quieren conseguir un amor. Nadie se acuerda ahora de que en la semana no tienen tiempo —se someten a cualquier indignidad con tal de que parezca que no hay tiempo para otra cosa, por ejemplo vivir— y de que el sábado dejó de ser hace muchos años, casi desde los días de Travolta, el espacio para la cacería, y de que el domingo nunca sirvió para nada, y que de acuerdo a todo esto el viernes es el único momento autorizado para conseguir un amor. Es para eso que salen cada viernes, por supuesto, pero en un par de horas el alcohol ya hizo estragos (la gente de Buenos Aires está entre los peores bebedores del mundo, es decir los menos resistentes), así que el objetivo es olvidado, con gran alivio por otra parte. Todos desean tener un gran amor, pero no es tan obvio que estén dispuestos a hacer lo que haya que hacer para conseguirlo. No importa que durante toda la semana las chicas de la oficina se la pasen hablando de la “problemática de las relaciones” mientras los chicos asienten con una sonrisa cálida y afectiva. Llevar adelante todo eso es demasiado complejo, pesado, y ahora que por fin es viernes por la noche esta cerveza espantosa que pagaste más cara que en Berlin, Madrid o Paris te permite no pensar, liberarte de la responsabilidad por lo que vos mismo te imponés como sueño, y no sentirte culpable por ello.   

    Yo también bebo sin parar —de hecho en nuestra mesa los vasos están siempre llenos, ni se sabe cómo sucede tan rápido—, pero al menos no pago mucho por tanto alcohol, apenas un 20 o 25% de lo que se me ve trasegar, y y tengo la dignidad de no soñar en la semana con conseguir un amor.

 

  

    El bar irlandés de Silvio es uno de los lugares más acogedores de Madrid. Cada día, de lunes a lunes, desde hace no sé cuántos años, a las 6 de la tarde en punto Silvio aparece por la esquina de la Calle del León para abrir las puertas de su pub. El lugar está atestado de elementos célticos, y el resto de la decoración consiste en distintos objetos relacionados con el whiskey Jameson: una pelota de rugby de cuero verde con la marca estampada en dorado, lámparas hechas con viejas botellas de whiskey pintadas, envases con etiquetas de todas las épocas, cosas así.

    No es el lugar para entrar deshidratado y depender de un trago de cerveza para evitar la formación de cálculos renales. Nadie tira la cerveza como Silvio, pero se toma su tiempo. Una eterna ceremonia que comienza por enfriar los vasos uno por uno y en el momento, y continúa con otra docena de manías que se repiten con cada “caña” o “doble” que le piden. Pero se nota la diferencia. Probablemente cada paso técnico de la ceremonia no tenga tanta incidencia como la convicción con que Silvio lo ejecuta. Y todo por 2 euros la “caña”.

    El sueño horrendo acerca de Sandrine me removió todo hasta lo más hondo del pozo, costras del fango limoso del fondo flotaron con morosidad hacia la superficie y siento su sabor amargo clavado en la garganta. Ni la cerveza de Silvio me lo saca. Ni esta mirada que tanto me alivia siempre.

 

  

    Por más contaminación estética que haya allá arriba, por más que el índice de snobismo esté varios puntos por encima de lo que puedo soportar, voy a tener que subir porque los niveles tóxicos en mi sangre están aún por debajo de este sótano, y si no me meto una buena dosis de nicotina entre pecho y espalda en los próximos dos minutos, todo mi sistema inmunológico va a colapsar.

    La vereda del bar apesta. Ellas son tan lindas, ellos son tan cool. Apesta. Apenas puedo abrirme paso para llegar al cordón de la vereda, donde en una mesa que casi cae hacia la calle están Carlos y su novio, que más parece un marimacho, comiendo una pizza. Se ve que las pequeñas y simples exquisiteces que preparó Joel para acompañar el champagne en la ceremonia secreta del sótano no eran reconocidas como comida por los sensores gustativos del marimacho. Ahora veo que en realidad a Carlos tampoco deben haberle gustado nunca esas delicadezas francesas y mediterráneas, pero las aceptaba como lo hacía con la mayoría de las cosas de su vida, entre ellas ser heterosexual. Ahora salió del placard, así que ¿por qué comer tapenade sobre una rodaja de pain blanc? Si lo que prefiere es un hamburguesa chorreante de grasa, o al menos esta chorreante pizza —que es lo peor que puede conseguirse en este bar.

    Carlos se había asociado con Joel un par de años atrás, pero realmente nunca estuvo cómodo con eso de un bar francés, así que la sociedad duró poco más de un año. La verdad es que Carlos no tenía un solo punto en común con un bar como este. Incluso en su estética personal, especialmente en su estética personal. Es un tipo de unos 45 años con barba candado y pantalones pinzados, que está muy bien como dueño de una parrilla al paso en la estación Constitución.

    De todos modos lo intentó: venía al bar y se sentaba a nuestra mesa, conversaba de lo poco que pudiera pescar entre nuestro desquicio temático, y se ocupaba de dejar siempre bien marcada su posición sexual con comentarios explícitos sobre las tetas y culos de las chicas que entraban y salían. Buen tipo.

    Por eso me alegré cuando esta noche, después de al menos 8 o 9 meses sin vernos, me lo encontré al pie de la escalera del sótano y me saludó sonriendo y apretando mucho el abrazo, para enseguida hacer un gesto amable y seguro hacia su chico (que en principio tomé realmente por una mujer joven pero muy fea) y decirme: Te presento a mi pareja…. Olvidó decir el nombre, ok, pero es que eso no tiene ninguna importancia. “Te presento a mi pareja” significa “Vos sabés lo que me costó todo esto que termina trayendo a mi novio a este lugar, precisamente a este lugar”. Y claro que lo sé. Porque en el barrio y en la época de Carlos (es mentira que todos vivimos en el mismo año que nos dice el calendario, hay toda clase de épocas conviviendo, pero dejemos este asunto para más adelante) se sigue viviendo en el placard y nadie —tus padres, el marido de tu hermana y otros seres fundamentales— considera cool manosearse entre hombres, que es lo máximo que se permiten imaginar que sucede. Me alegro mucho por Carlos, sí, mucho, incluso aunque su novio parezca una lesbiana fea. Al menos hay algo de estos tres años de vida y delirio en el bar que no terminó en nada.

 

  

    Sandrine estaba echada sobre su costado en el piso del bar —que, como suele suceder en los sueños, no era físicamente nuestro bar, pero no había dudas de que lo era. Estaba como recogida sobre sí misma, no tanto como un feto sino más bien como un coleóptero volcado. Vestía una remera blanca con delgadas franjas azules (azul Francia, por supuesto) y un jean muy ajustado. Su cabello era aún más dorado y más corto que en la realidad, y se veía ralo. Sus movimientos y torsiones cuando el dolor la desgarraba eran sobrecogedores.

    Se estaba muriendo ante mis ojos, ante nuestros ojos, dolorosamente, como comida a brutales y lentos mordiscones por la enfermedad. Pero se moría junto a nosotros. Era su decisión, era nuestro compromiso.

    Era muy extraña la contradicción entre el espanto de ver cada espasmo de Sandrine y la sensación de serenidad que experimentaba durante todo el sueño. Asistir a cada desgarro era una incuestionable misión de amistad: creo que eso concilia los términos de la contradicción.

    No sé —era un sueño, ¿cómo podría saberlo?— cuánto tiempo duró la escena de la agonía. Pero en determinado momento, una de las veces que me acerqué a Sandrine y me incliné sobre ella, de pronto estábamos afuera del bar. No sé si en un parque, un descampado, no lo sé. Afuera.

 

  

    Un cigarrillo más justo bajo el cordón de la vereda que está cada vez más llena de gente linda, por decirlo así. A un par de metros, Ad’lynn habla con un hippie cool. El nombre es Adeline, claro, pero parece que su madre tenía ciertos caprichos sofistiqués y se decidió por esa grafía absurda. Conocí a Ad’lynn en Paris, cuando ella era mesera en el restaurante del Musée de l’Air et de l’Éspace de Le Bourget. Pasamos la noche fumando y bebiendo vino en una barra que esa noche no se usaba, mientras en el otro salón una parva de artistas del comic invitados a un festival del museo hablaban sin parar de… comics. Ad’lynn llegó a Buenos Aires cuando nuestro bar agonizaba, y con su fuerza inagotable contribuyó en mucho a esta resurrección oficial que se celebra esta noche.

    Conozco al hippie que habla tan entusiasmado con Ad’lynn, varias veces se acercó a mesas en las que yo estaba e intentó dejar establecida alguna clase de pertenencia entre los históricos del bar. Sin éxito, claro. Un círculo que se abre deja de ser.

    Ahora el tipo está intentando que Ad’lynn vea como míticas un par de tardes en que él y un par de amigos ayudaron a vaciar el sótano, mezclando eso con teorías sobre la buena onda que puede en verdad cambiar el mundo, la fuerza de la alegría y el don de dar. Ad’lynn sólo asiente aburrida, hasta que termina de hartarse y de repente lo deja hablando solo. Viene hacia mí, toma mi cigarrillo y se lo fuma.

    —No soporto a estos boludos seudo-hippies que pasaron la vida por un lavarropas y ahora la ven color rosa, sólo porque ni se dieron cuenta de que había una remera roja que tiñó todo el resto, y nada más. La vie en rose… Qué pelotudez.

    Sí, Ad’lynn, estamos totalmente de acuerdo. ¿La vie en rose? Mis pelotas.

 

 

     De repente, con la clásica lógica ilógica de los sueños, ya no estábamos en el bar y Sandrine iba finalizando su agonía echada sobre pasto, a poco más de un metro de un árbol pequeño, en medio de alguna clase de descampado que luego relacioné con la imagen de un sector del Parque Chacabuco de mi infancia, pero no estoy seguro.

    Volví a acercarme a ella, que ahora tenía una ropa distinta que no puedo describir, pero sé que era otra. Y entonces Sandrine se levantó hacia mí como si fuera un muñeco articulado con elásticos que se eleva espasmódico desde sus pies clavados a una base fija. Su rostro quedó muy cerca del mío. Estaba de repente muy marrón, como bronceado en exceso —cuando no existe en el mundo piel más blanca que la de Sandrine—, y su gesto, su mueca, decididamente eran el final.

    Sin transición, en la siguiente escena del sueño me veo alejándome por un muy estrecho senderito marcado entre pastizales ralos de calleja de algún suburbio triste ya desde su nombre, como Ezpeleta o Bernal. Voy pensando, por supuesto, en la muerte de Sandrine. De pronto empiezo a oir voces detrás de mí. Parece ser una típica familia del conurbano. Cuando están casi pegados a mis talones oigo a una mujer, que podría ser la “madre mayor” de la familia, es decir una mujer de unos 45 años que ya tiene nietos y es la que decide en casi todas las circunstancias complicadas. Está diciendo algo como “…y el tipo insiste en que sabe quién fue, y que lo va a encarar”. Una voz más joven, alguien de unos 25 años, le contesta: “Ah, sí, claro. Justo yo voy a violarle a la hija. Justo yo un violador”.

    En eso veo que el senderito desemboca en la puerta de una pequeña casilla, que en realidad se desvía un metro allí y rodea esa casilla por el costado derecho, yendo a parar a una esquina. Casi sobre la palabra “violador”, bordeo la casilla sintiendo que los que venían detrás de mí entran en ella. Menos de dos metros después paso junto a una ventana mal terminada y siento que el acusado es recibido con un golpe de puño por alguien que lo esperaba en el interior de la casilla. Llego a la esquinita, y cuando voy a bajar a la calle lo que en verdad hay luego del cordón de la vereda es unos escalones que son apenas tacos de madera pegados a una pared, casi perpendiculares a un piso que está mucho más abajo y es el del salón de un shopping, probablemente el Village Caballito.

    Bajo lentamente esa escalera, en posición vertical, apoyando apenas los talones. Deben ser unos 20 metros hasta abajo, pero sin el vértigo que sentiría en la realidad. Y es en ese momento cuando la infinita tristeza, que no era sólo por la muerte de Sandrine sino por algo mucho más profundo, por una clase de muerte generalizada más abstracta y permanente, deja paso a la sensación de alivio y casi de esperanza que se expresa en la simple frase que cruza mi mente: La vida continúa.

    Esas palabras, esa idea, me producen un vértigo —ahora sí— y un desasosiego inenarrables. Y entonces desperté.

    Nunca había despertado de un sueño con un sentimiento de desolación y una inquietud tan enormes. De hecho, ni siquiera suelo recordar mis sueños, así que no sé lo que es despertar en ese ni en ningún otro estado causado por lo que soñé. Es horrible, la angustia me carcomía el pecho como la enfermedad a la Sandrine de mi sueño. Casi no podía soportarlo. No sé qué hubiera sido de mí si despertaba estando solo en la cama.

  

 

    Tres años es mucho tiempo o nada, exactamente como un segundo o un siglo. Eso es obvio, es sabido. Pero lo interesante es que el espacio entre dos puntos del tiempo, cualquiera sea la distancia entre uno y otro, contiene la totalidad de las experiencias posibles para un ser humano. Así se trate de un siglo o de un segundo. O de tres años.

    Joel se había ido del bar temprano, como a las 8. No era lo normal porque en aquella época Joel actuaba como lo que era: el patron de un bar francés —aunque estuviera en el Abasto de Buenos Aires—, y como tal se quedaba cada día hasta despedir al último cliente, que invariablemente era alguno de nosotros. Pero aquel lunes Joel dejó a cargo a Chorchi, el chileno, que no es la persona más irresponsable del mundo sólo porque serlo ya implicaría una cierta responsabilidad.

    Así que la poca cordura que podía aportar Joel —muy poca, a decir verdad— no estaría disponible esa noche. Por lo tanto, ¿por qué no invitar una cerveza a Mirna? Le hicimos señas con una botella en alto cuando la vimos pasar por la vereda de enfrente.

    Mirna era la estrella de las putas del barrio. Debía pesar unos 140 kilos, y salía a trabajar cada noche puntualmente a las 9, con sus botas doradas hasta la rodilla, un ancho foulard verde bordado en oro, y con la cara maquillada exactamente como la de Gene Simmons de Kiss.

    Una puta gorda con maquillaje de Kiss no parece la imagen erótica más tentadora del mundo, pero evidentemente funcionaba, porque Mirna ganaba más dinero que algunos de nosotros. De hecho, nosotros invitábamos pero la cerveza la pagaba ella, y con mucho gusto. Creo que, de alguna forma, se sentía respetada por esos locos que hablaban en tres idiomas distintos durante una misma conversación.

    —¿Dónde está ese marica de Joel? ¿Se fue temprano? ¿Tenía que lavarle las bombachas a la mujer?

    —No seas jodida, Mirna. Joel no tiene nada personal contra vos. Al contrario: le caés bien. Siempre lo dice.

    —Por eso me prohíbe entrar a su bar, ¿no?, porque le caigo bien, ¿no? Si le cayera mal mandaría un par de grones a que me metieran un cigüeñal por el culo, ¿no?

    —Si vos fueras dueña de un bar como este, ¿dejarías entrar a alguien como vos?

    —Ni en pedo. Pero eso qué tiene que ver… Chorchi, a ver, traete otra. O dos mejor, ¿no? Somos muchos, ¿no?

    Cinco, contándola a ella. Dos litros de cerveza duraron unos 15 minutos. Mirna tiene razón, ¿no?

    Ese lunes yo había empezado a la 1 del mediodía, reuniéndome con Sebastián para hablar de las muchas cosas geniales que nunca concretaríamos.  Comimos unas hamburguesas con Coca, pero antes de las 2 y media ya teníamos a Joel en nuestra mesa apoyando una botella y diciendo innecesariamente:

    —¿Tomamos una?

    Y una fueron dos, y muy pronto tres. Y a las 4 apareció Olivier, que pidió un café y cinco minutos después otro litro de cerveza. Entonces llegó Pablo, así que para las 9 de la noche estábamos todos algo complicados.   Y Mirna no fue exactamente una ayuda, pidiendo cuatro botellas en media hora.

    En este sentido, hacia la 1 de la mañana las cosas habían empeorado bastante. O mejorado, desde otro punto de vista. Un rato más, y yo cumpliría 12 horas consecutivas bebiendo. Ya habían pasado por nuestra mesa una veintena de personajes, ahora el bar estaba vacío excepto por una pareja ensimismada, en fin: todo parecía perfecto. Pero no lo era. Lo supimos al ver asomarse tímidamente a las dos hermanitas ­—­no había duda de que lo fueran­­—, que miraban tratando de decidir si, en caso de animarse a entrar, sus vidas no correrían peligro.

    —Entren… Entren a conocer el bar—, les dijo Olivier, y la fórmula mágica de su acento francés volvió a funcionar. Parece que ninguna chica de Buenos Aires puede imaginar que existan psicóticos, asesinos seriales o violadores con acento francés. Lo asocian sólo con civilización, amabilidad y seducción. Como si los psicóticos, los asesinos seriales y los violadores no pudieran ser civilizados, amables y seductores. De hecho, esas son las características que mejor los definen. Pero tampoco estas hermanitas se detuvieron en esas consideraciones, y simplemente entraron caminando por la alfombra dorada del acento de Olivier. Ahora sí    todo era perfecto.

    Menos para Chorchi, en realidad. Porque el chileno hacía rato que pensaba sólo en ahuyentar a la parejita ensimismada y bajar las cortinas del bar para terminar de emborracharse con nosotros. Mientras las hermanitas se acercaban a nuestra mesa, Chorchi desde la barra nos hacía gestos desesperados para que las echemos. No se trataba sólo de ellas: la dinámica inexplicable pero exacta de los bares indica que la quietud trae más quietud y el movimiento, más movimiento. Y los peores temores de Chorchi se cumplieron dos minutos después: una docena de estudiantes de teatro —no era necesario preguntarles para saberlo— posaron sus culos en las tres mesas  de la vereda, por supuesto juntándolas para formar una sola y larga tabla como de banquete romano. En ningún otro lugar del mundo me tocó ver esa actitud tan común en Buenos Aires: la gente llega a un bar o a un restaurante y reubica las mesas a su criterio y comodidad sin siquiera consultar a un camarero. A todos les parece de lo más natural. Bueno, es sólo una más de las tantas agresiones invasivas y soberbias que ejercemos a diario en esta ciudad.

    Chorchi salió de mala gana a la vereda. Lo vi hablar unos segundos con la gente de la larga mesa, y luego entró con una mueca de perplejidad, casi de escándalo.

    —Pero esta gente está loca, weón. Loca. Quiere que me ponga a hacer pizza. Pizza, ¿cachai? Están locos…

    —O por ahí vieron esa pizarra en la vereda donde dice “Pizza” bien grande y en tres colores de tiza.

    —Están locos—, insistió Chorchi. —Les dije que caminen una cuadra y media y compren pizzas en Uggi’s, que cuesta menos de la mitad que acá. Es horrible, ok, pero cuesta menos de la mitad. Yo les vendo las botellas de cerveza, no hay problema. Hasta se las destapo. Y después voy a tener todos esos vasos para lavar. Pero la pizza que se la traigan de otro lado, esos weones.

    Y así sucedió.

  

 

    El cambio permanente es la nada. La permanencia también es la nada. Pero las cosas entrañables de la vida no mueren por el cambio ni por resistir a la permanencia que fosiliza, sino simplemente por la debilidad de las personas. Sí, son las personas las que dejan morir las cosas. En el mismo momento en que viven una situación que saben será mágica en el recuerdo, ya están pensando en el final, y por lo tanto convierten esa situación en algo muerto en vida.

    Bueno, todavía es un poco confuso, pero empiezo muy despacio a desenredar el sentimiento angustiante que me dejó el sueño de la muerte de Sandrine.

    —Silvio… Otra Murphy’s, por favor…

  

 

    Las hermanitas eran una delicia. Venían de Río Negro. Manuela, la más chica, era actriz, lo que significa exactamente “Tengo 23 años, soy hermosa, y quizá en algún momento estudie un poco, pero lo importante es que sonrío y todo va bien”. Había llegado hacía dos días y ya era toda una porteña. En cambio Daniela, la vieja de 26, ya llevaba un año en Buenos Aires, estudiando biología o alguna otra tontería por el estilo, y lo contaba como resignada a un aburrimiento crónico. Pero por algo llevo tantos años viviendo de lo que escribo, es decir de mirar a la gente a mi alrededor.

    —Pero vos también hacés algo de arte, ¿no?

    —No, para nada, ese es el palo de Manuela, yo no…

    —Escribís, ¿no?

    —Bueno, no… Bah, un poco, pero nada que ver…

    La noche seguía mejorando. Se iban agregando nuevas dimensiones de la perfección, una capa de hojaldre entrelazándose con otra y otra. Y de repente, ya con el bar cerrado y mientras Pablo bailaba con Manuela y Olivier bailoteaba solo, y yo hablaba gritando susurros al oído de Daniela parados en el medio del bar con Chorchi paseándose de un lado a otro llevando y trayendo botellas de cerveza con una sonrisa beatífica tatuada en su rostro, de repente, como decía, a las 3 de la mañana, sonaron golpes en la cortina metálica y apareció Sandrine.

    Era un milagro. Parecía que el avión que la había traído desde Paris acababa de dejarla en la esquina del bar. Aún en ese momento, con catorce horas de alcohol encima, intenté ser racional: no era del todo inusitado que Sandrine estuviese en ese momento allí. Por aquellos días, la zona del Abasto era el centro de gravedad alrededor del cual giraban todos los franceses interesantes que vinieran a pasar unos cuantos meses en Buenos Aires. Y terminaban conectándose muy rápidamente unos con otros, porque el único bar con un patron francés era el de Joel. Todo muy lógico.

    Sólo que era la madrugada de un lunes, Sandrine llevaba apenas tres días en Buenos Aires, por supuesto alguien le había hablado ya del bar y entonces, al volver de su primera fiesta porteña, oyó música al pasar ante la puerta y golpeó la cortina. Y adentro estaba yo. Ves a alguien una vez en tu vida en Paris, y tiempo después lo encontrás en un bar a 14.000 kilómetros de distancia un lunes a las 3 de la mañana. Todo muy lógico.

    Sentí en ese momento que este es realmente un mundo pequeño, que no hay milagros, que simplemente todo está siempre muy cerca, mientras mantengas el foco bien centrado y no permitas que te distraigan con la miseria, la televisión y los amores “serios”. Que todo está muy cerca y todo puede suceder. Sentí que toda mi vida lo sentí, que siempre lo supe, y que cada tanto podía en verdad creerlo. Y que esto me sucedía cada vez más a menudo.

    La aparición de Sandrine no me dejó dudas: estábamos en los comienzos de una era.

 

 

    En la Plaza del Corrillo de Salamanca ya no está Adares, el poeta que se sentaba aquí cada día con un puñado de sus libros y podía hablar con vos de poesía durante horas aunque no le compraras ninguno. Todo el mundo lo conocía. Si le escribías desde la Argentina —o desde Alemania o Rusia— bastaba que pusieras en el sobre: “El poeta del Corrillo”. Y la carta le llegaba.

    Adares ya no está, y en general ya no hay poesía. Él no era muy bueno, la verdad, pero sí lo era su vida. Ejercía, más que escribir. Ahora esto está repleto —cada vez más y más— de estudiantes de literatura o filología que gracias a las facilidades de la tecnología publican sin demasiadas complicaciones sus libros de poemas. Pero de poesía nada, chaval. ¿Hay alguna necesidad de ella, tronco? Lo importante es hablar mucho, editar revistas, y tal y tal.

    En Salamanca hay dos editores. De verdad, digo. No dos estudiantes que, además de la tecnología digital, aprovechan los subsidios del Ayuntamiento para editar sus revistas y tal y tal. Dos editores normales digo, como los que había en el siglo XX. Bueno, quiero decir iguales formal y estructuralmente. Porque filosóficamente hace cuatro o cinco décadas que se extinguieron los editores. Pero estos dos al menos conservan la estructura.

    Igual es cansador comprobar que aquí también cometen la misma estupidez que en Buenos Aires: confundir a un editor con una empresa que fabrica libros. Los grupos editoriales multinacionales no me interesan, pero reconozco que cumplen una función: imprimir papel encuadernado, que mal o bien contribuye a que empleados públicos, tenistas profesionales y el resto de los media no olviden el formato libro y ejerciten una actividad parecida a leer. Un editor es —o era— otra cosa. Lo sé porque alcancé a conocer a un par de ellos en el final de sus vidas. Eran tipos que necesitaban a los escritores. Así de simple. Su mayor felicidad era descubrir a alguien que tuviera algo para decir, algo que contar. Algo nuevo y universal.

    Los editores de Salamanca ya no se parecen en nada a eso. Ninguno de los dos tiene una megaempresa, pero su actitud y su discurso son como los de quien la tuviera: que el mercado, que la crisis. Y tal y tal.

    Los artistas —bueno, unos pocos— siguen adelante con su tarea. Yo cumplo mi parte, los editores no. Bien o mal, cumplo. Entonces: carmina composui, da mihi quod merui. Pero los editores están en otra frecuencia. Bien o mal, más bien mal, pero en otra.

    Un diálogo entre dos editores debería ser, palabras más palabras menos, algo parecido a: “Estoy preocupado: este mes sólo vinieron a verme doce escritores”; “Sí, me pasa lo mismo. Yo no sé cómo hacen Tal y Tal, pero están recibiendo entre cinco y seis escritores por día”.

    Pero lo único que estos dos dicen casi al unísono es:

    —Me encantaría leer tu nueva novela, pero creo que por este año ya no haré más nada…

    Podría preguntarles, especialmente teniendo en cuenta que el año recién comienza, para qué entonces son editores. Pero prefiero sugerirles que lo dejen y se pongan una carnicería.

    Sí, sí, lo sé, no soy el tipo más querido en el mundo editorial.

 

 

    Cuando Mathieu decidió regresar a Suiza —“Por 6 meses”, dijo, “para juntar guita y volver acá sin tener que pensar en laburar”—, enseguida sentí que ese era el primer signo del final de todo. Sí, lo supe en ese momento, fue como ver aparecer en un cuerpo hermoso, perfecto, la primera mancha violácea, el primer rastro de lo que sería un chancro y luego muchos más y por fin la muerte. Pensé en esa imagen, y un segundo después se me apareció otra: la noche en que nos conocimos, en los primeros tiempos del bar.

    No hacía ni un mes que me había encontrado por primera vez con Olivier, que por entonces había decidido dejar de escribir y se dedicaba a sacar fotos de una punta a otra del país. Cuando juntó unas 2.000 y buscó darles alguna clase de ordenamiento conceptual, se dio cuenta de que su fotografía no era más que otra forma de escritura. Se contactó con algunos escritores para mostrarles sus relatos en imagen, y así fue que terminamos en el bar una tarde que pronto se hizo noche y madrugada. En esa misma ocasión, por supuesto, conocí a Joel.

    Ahora Olivier se iba de viaje por el Amazonas. Nos juntamos un viernes por la noche en el sótano del bar. Olivier invitó a mucha gente que había conocido en sus primeros tiempos en Buenos Aires, entre ellos Mathieu. Así que el catálogo se presentaba variado.

    Cuando ya habíamos bebido bastante y empezábamos a reir por cualquier cosa (de todos modos no hay otra justificación para reir, ¿verdad?), una chica de cuyo nombre no quiero acordarme tomó una guitarra y comenzó a rumiar sus canciones. Era la típica “chica que escribe canciones cool para gente joven y cool”, una subespecie que había aparecido a comienzos de los 2000, y que en aquellos días estaba en pleno apogeo. Las cantautoras surgían de bajo la tierra, por contagio, por generación espontánea, de todas las formas imaginables. En muchos bares de Palermo o de San Telmo podías ver (escucharlas ya era más arduo) dos o tres por noche, y al menos una vez al mes había algún festival al aire libre con un nombre como Ellas se miran solas o Mujeres cuerdas, guitarras locas, con consignas en las que obligatoriamente debían aparecer las palabras “género”, “condición”, “igualitario”, “elección” y, de manera optativa pero de inclusión recomendada, “reciclaje”.

    Estaban por todas partes, yo ya miraba los huevos en mi heladera con aprensión, porque temía que si partía uno, de adentro saldría una cantautora. En fin, tres años después de ese apogeo ninguna de ellas quedó viva como artista. Quizá deberían haber mirado más a los cantautores varones de su generación, para no cometer el mismo error que ellos: evitar escribir buenas canciones.

    El real primer encuentro entre Mathieu y yo fue una mirada, que cruzamos a la altura de la segunda canción de la cantautora. Ahí nos reconocimos, entendimos todo. Cuando el pequeño show ni-siquiera-lésbico terminó, Mat tomó una guitarra y comenzó a mezclar clásicos de la chanson con punk marginal de verdad, y yo lo seguí con la otra guitarra. Pablo dejó de beber por un rato para correr hasta su casa y traer una guitarra más.

    Una hora después ya habíamos cantado tantas cosas raras que Mathieu dijo:

    —Esta es una canción italiana que acá nadie conoce. Bueno, y en Italia tampoco…

    Y comenzó a cantar Alla fiera dell'est. Lo acompañé siguiendo la letra línea por línea. Mat me echó una mirada de asombro y de reconocimiento. Fue el segundo, y definitivo, momento puntual de nuestro encuentro.

    —No puedo creer, loco, te la sabés—, me dijo con su increíblemente fuerte acento argentino. Cuando hablaba de corrido se le notaba un poco el Mont Blanc, pero si tiraba una sola frase suelta, nadie que lo oyera podía imaginar que era suizo.

    Lo único malo de la noche era que no había seguridad de que Sandrine viniera. El lunes anterior, aquella madrugada del irreal encuentro, Olivier la había invitado. Pero entonces eran las 5 de la mañana, todos estábamos muy borrachos: era probable que el mensaje no hubiera llegado al cerebro de Sandrine. Yo tenía ganas de volver a verla. Muchas, a decir verdad. Ese extraño, casi imposible reencuentro sorpresivo me había tocado. Después de aquella única vez en Paris, estaba bastante seguro de que jamás volvería a verla. Y mucho menos en mi propia ciudad, en “mi” bar, que además ya estaba cerrado.

    Por cierto, Olivier también invitó a las hermanitas. Pero ellas tampoco se dejaban ver. La larga noche del lunes les había encantado, estaban fascinadas con eso de participar de un inolvidable momento de la bohemia porteña que parecía una puesta en escena montada por un director de turismo: noche entre semana, bar francés, escritores, músicos, mucho alcohol… Casi un chiste, excepto porque ellas se lo creían y para nosotros no era ninguna puesta en escena sino nuestra simple vida de amigos, y si alguien mencionaba palabras como “bohemia” o “artistas” nos hubiéramos reído con pena de ese idiota que no entendía nada. En fin, las hermanitas estaban encantadas, pero sé bien que todo eso que las fascinó fue lo mismo que al otro día o un par de días después las asustó, las espantó. Cualquiera que no nos conociese podía tener algún reparo al vernos por primera vez: ¿qué no le sucedería a dos chicas del interior que además luego habrán agregado a su temor que Olivier y yo —Pablo podía digerirse— no éramos ciertamente chicos de su edad? Y al terminar la noche, Olivier cantando Non, je ne regrette rien a los gritos en la vereda mientras Chorchi martillaba la cortina metálica del bar como cada madrugada para intentar que la puerta encajara no era una escena que tranquilizara.

    Seguimos cantando una canción tras otra con Mat, mientras Pablo metía solos constantes y hacía segundas voces cuando reconocía algún estribillo. De pronto me acordé de La valse à mille temps de Brel, esa canción endemoniada, imposible de cantar para quien no tenga el francés como lengua materna. Pero yo la había cantado mil veces, así que podía repetir el vertiginoso estribillo casi sin errores. En la tercera repetición, cuando la velocidad de la canción ya es tan absurda que convierte a las palabras en puro sonido percusivo casi sin sentido, Mat y yo comenzamos a girar abrazados a las guitarras en un vals caótico, con amplios desplazamientos y cruces por todo el espacio del sótano.

    La vida de cada uno es el pozo ciego al que se arrojan los desechos del tiempo, la mierda grumosa y humeante de lo sucesivo. No te engañes: no es más que eso. Pero hay momentos, sí. Los hay. Eso es todo lo que te sostiene. No seamos pretenciosos: vamos a llamarlos, con simpleza, momentos mágicos.

    En ese vértigo del vals frenético, quince segundos antes del final de la canción, de repente en un giro mi mirada se estrelló hermosamente contra la de Sandrine. Ella estaba parada a mitad de la escalera metálica del sótano, con la expresión más iluminada que nunca, sonriendo y certificando la gloria de ese instante perfecto, la música girando, nosotros, todos, un mundo por hacer. Los momentos mágicos son obvios, y eso es lo mejor que tienen: ese medio segundo del encuentro duró siglos. Quedó detenido para siempre en mi memoria, una instantánea radiante e incorruptible. Ese microsegundo en el que sabés sin lugar a ninguna duda que sos inmortal.

 

 

    Van tres días ya desde el sueño sobre Sandrine. No se va a ir de mi cabeza por mucho tiempo, eso está claro. Contiene demasiadas claves. O una sola quizá, lo cual sería mucho más inquietante.

    La debilidad de las personas, la imposibilidad de creer realmente en lo que viven. Ese es el núcleo donde se genera la inconsistencia que hace tan pobre la vida, tan insustancial. Las personas no creen, o peor aún, creen todo el tiempo en cosas dadas, y por lo tanto vacías. Creer es esencial, pero requiere dejar de creer. Dejar de creer en lo obvio, acordado, impuesto.

    Una chica está en el cine con un tipo. Ven el trailer de un estreno de la próxima semana. Ella le dice que deberían ver esa peli, asumiendo que para entonces seguirá junto a él, que van a estar en ánimo como para ir al cine, de hecho asumiendo que seguirá estando viva para ese entonces. Es una locura. Pero esa es la forma en que las personas creen. No tiene ningún sentido, si no podés creer en el momento que estás viviendo. Y para que pase esto, tenés que dejar de creer en lo insostenible: que la semana próxima seguirás vivo. De otro modo, no hay manera.

    En fin, quizá no debí pasar por Salamanca, todo ese aburrimiento académico te aplasta el alma. Acá en Madrid al menos está el bar de Silvio, su manera larga, morosa, de tirar la cerveza, cierto calor en la gente que pasa y se detiene por un trago antes de seguir hacia el siguiente bar.

Ya voy a llegar al punto con lo de Sandrine. Sólo tengo que seguir escribiendo, y en algún momento lo voy a encontrar.

 

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